|
Una muestra de estas posiciones pudo observarse en las reacciones que suscitara la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Satanizada por unos y respaldada por otros, su trabajo fue apoyado por quienes consideraban necesario establecer responsabilidades y tareas pendientes, mientras quienes la criticaron asumieron que sólo se reabrirían heridas.
El debate frente a lo que debe ser nuestra revisión del pasado no sólo está irresuelto a nivel de la población en general, nuestros líderes políticos han dado muestras de una escasa capacidad para poner en blanco y negro su balance. Pocos han querido asumir una posición contundente sobre el pasado, tratando más bien de poner paños fríos cuando se ha tratado de calificar la corrupción, los malos manejos, el autoritarismo, el clientelismo, la violación de derechos humanos, para citar sólo algunos temas. Señalando que no se puede negar lo bueno que se hizo en determinado régimen, pasan por alto el cuestionamiento de comportamientos y decisiones que le han costado caro al país.
Mientras no tienen reparo alguno en usar frases agudas o hirientes contra sus contendores de turno, en mandar a confeccionar do- ssiers o carpetas con todo lo oscuro que puedan encontrar de sus probables rivales, asumen posiciones blandas frente al pasado, especialmente cuando se trata del gobierno de Alberto Fujimori. En este caso en particular, un elemento adicional parece ser el deseo no disimulado de poder capitalizar en algo la imposibilidad de postular que tiene el prófugo Fujimori. En este contexto no es de extrañar que en este momento estemos invadidos de fantasmas, personajes que salen de su conveniente retiro con el ánimo de reivindicar sus supuestos logros y tapar todo cuestionamiento.
No se trata solamente de pedir disculpas por algunas de las cosas que se hicieron durante el gobierno de Fujimori como si se tratara de tropiezos menores, de problemas sin importancia. Tampoco se trata de hacer una separación tajante entre una primera y segunda etapa porque en realidad lo ocurrido en la parte final de ese periodo fue una consecuencia de lo ocurrido en los primeros años. Sin el cheque en blanco que le dimos los peruanos a Alberto Fujimori no se hubiera producido toda la corrupción, todo el abuso que vino después. No podemos aceptar que los últimos años fueron apenas una pequeña desviación de un largo camino de aciertos cuando existen evidencias (que ciertamente no pudieron apreciarse con claridad en aquellas épocas) de que los problemas empezaron casi en un inicio.
Entre los temas que debieran aclarar los llamados fujimoristas, sea cual sea el membrete partidario en el que se encuentren, figuran los siguientes: ¿Volvería Fujimori a nombrar a parientes cercanos como embajadores? ¿Le daría nuevamente a su hermano la posibilidad de decidir sobre una serie de asuntos a pesar de no tener un cargo y responsabilidad política? ¿Existirían nuevamente entidades públicas donde la mejor carta de presentación sería tener ascendencia japonesa? ¿Volvería a cerrar el Poder Judicial y nombraría a personal allegado para poder manejarlo a su antojo? ¿Manejaría los recursos del Estado como si se trataran de su caja particular? ¿Aguantaría a un asesor evidentemente corrupto sólo porque lo beneficia personalmente su accionar?
Aquellos que lo acompañaron durante esos años desde el Congreso y que hoy salen sintiendo que no le deben explicación a nadie, tal vez deberían aclarar si están contentos de haber dado leyes como la que amnistió a violadores de los derechos humanos, si insistirían nuevamente en cambiar o interpretar la Constitución para que su líder se quede en el poder por los siglos de los siglos. ¿Pondrían los intereses del país por delante o se preocuparían por lo que les conviene a ellos y a su líder máximo? ¿Volverían a aceptar que se les entregara los proyectos de ley entre gallos y medianoche y votarían a favor a ojos cerrados? Estas y muchas otras preguntas deberían ser respondidas. Escuchar lo que dicen al respecto tiene que ver mucho con nuestro futuro, pero sobre todo para saber qué puede esperarse de su reaparición en el escenario político peruano.
|