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¿No revela esa situación la degradación moral a que asistimos en medio de la globalización, del capitalismo salvaje que ha convertido las más nobles expresiones del hombre en simples mercancías, según sucede con la educación, donde la mentalidad mercantilista se impone? Un autor como George Soros, en La crisis del capitalismo global, así lo plantea.
Pues bien: hay que reaccionar contra esto. No es una opción sino una obligación, en verdad. Pero, ¿cómo? A través de la ya muy manida, aunque no siempre aplicada, responsabilidad social empresarial, válida no sólo para el sector público sino especialmente para el privado, naturalmente con el fin de evitar las terribles prácticas corruptas mencionadas arriba.
Es responsabilidad de todos, sin duda. Y de los centros educativos, en primer lugar. Desde la infancia, aún en la enseñanza impartida por los hogares, hasta las propias universidades, cuya función social básica salta a la vista. La corrupción empresarial, en fin, se podría reducir en forma significativa, con los correspondientes beneficios económicos y sociales.
La responsabilidad social, sin embargo, comprende aspectos como los de tipo ambiental, relacionados con el desarrollo sostenible. Pensemos sólo en los niveles de contaminación de nuestros ríos, adonde llegan enormes cantidades de desechos industriales, en ocasiones productos químicos, tóxicos. El que contamina, paga. O, al menos, es quien debe pagar.
De ahí que para avanzar en la política descrita se requiera una intensa labor didáctica, sobre desarrollo sostenible, por lo mismo que éste se encuentra ligado, por definición, a los procesos educativos. No hay desarrollo sostenible, entonces, sin educación, la cual a su vez debe incluir, en sus programas de enseñanza, la formación ecológica indispensable.
Según tales criterios, a nadie debe sorprender que directivos universitarios, reunidos en el foro que este diario y Ascun hicieron la semana pasada en el programa LA REPUBLICA en la U, propusieran crear la cátedra sobre desarrollo sostenible, enmarcada en la debida responsabilidad social empresarial, de carácter obligatorio para las diferentes facultades.
Ni sorprende que se insista en la actividad investigativa al respecto, por cierto a la manera de la Fundación Zeri, bajo la dirección de Gunter Pauli, que ha permitido la alianza entre científicos y empresas para la ejecución de proyectos rentables en producción limpia a través del máximo aprovechamiento de los residuos industriales, de las materias primas.
O que incluso se plantee modificar los currículos de los programas de administración de empresas, economía e ingeniería, entre otros, para garantizar que la formación impartida sea integral, humanista en sentido estricto, con el máximo respeto por la naturaleza que nos rodea y las leyes que la rigen. ¡La educación no puede seguir siendo apenas una mercancía!
En síntesis, el desarrollo sostenible ha de estar presente en nuestra educación superior, tanto porque está en juego la supervivencia de la especie humana o por las múltiples disciplinas que ahí concurren, como por la rica biodiversidad del territorio nacional, aún sin explotar con plena sujeción a normas ambientales. Es un reto que las universidades no deben eludir.
Trabajar por el desarrollo sostenible en las universidades no es una opción sino una obligación, al decir del rector de la Universidad San Buenaventura, Fernando Garzón.
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