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La UE ya no presenta ese estado de salud envidiable que la caracterizó durante tantas décadas con un crecimiento económico rápido. Ahora está en crisis. Tiene que decidir hacia dónde quiere caminar y qué objetivos pretende lograr en el futuro. Y tiene que tomar las decisiones pertinentes siendo desafiada, como está, por la imparable globalización de los mercados con la aparición de nuevos competidores y una notable movilidad internacional de los capitales y las personas de alta cualificación profesional.
La sombra que planea sobre la UE es muy intensa, por diversas causas. Una es que el proceso de profundización y consolidación institucional está parado (nadie sabe hasta cuándo) tras el rechazo plebiscitario de Francia y Holanda al Tratado sobre la Constitución Europea. La entrada en vigor de la Constitución Europea necesita de la ratificación de cada uno de los veinticinco Estados miembros, bien por los parlamentos nacionales, bien en referéndum. De los países que tienen previstos referendos nacionales, cinco ya los han retrasado sin fijar una nueva fecha (Dinamarca, Irlanda, Polonia, Portugal, República Checa) y tres los han suspendido (Finlandia, Reino Unido, Suecia).
Por consiguiente, el nuevo Tratado no podrá entrar en vigor en 2007, como estaba previsto. Sería arriesgado manejar, para salir del atolladero, la fórmula que algunos mandatarios ya han insinuado en el sentido de que si una mayoría clara de países apoya la Constitución (trece ya lo hacen) podría prescindirse del requisito de que el texto de la Carta Magna ha de ser aprobado por unanimidad.
Pues se trataría de un acto arbitrario y oportunista que le restaría credibilidad al proyecto integracionista y suscitaría la ira de muchos ciudadanos. El modelo europeo decretado desde arriba está muerto. La futura UE será configurada tal y como los ciudadanos quieran que sea, no como los líderes políticos de turno se lo imaginen. Es muy probable que el llamado eje franco-alemán ya no sea la única opción como motor de la integración, sino que surjan otras alianzas, incluyendo países más pequeños, para ir avanzando, sin prisa, en la construcción europea.
Mal agüero También es de mal agüero que hayan fracasado las negociaciones sobre el marco financiero para los presupuestos comunitarios en el período 2007-2013, en la pasada cumbre del Consejo Europeo.
Era natural que esto sucediera. El Consejo Europeo no pudo, por un lado, autodecretarse por consenso una "fase de profunda reflexión" de un año para buscar una vía de renovación de la UE con la que puedan identificarse los ciudadanos y, por otro lado, querer decidir ya ahora sobre los futuros presupuestos europeos como si nada hubiera ocurrido hubiera negado de hecho la necesidad de tal renovación. En el orden del día no sólo figura el llamado cheque británico, sino también la actual composición del gasto presupuestario y la configuración de los fondos estructurales y de cohesión. Queda ahora por ver si bajo la actual presidencia británica la UE empieza a cambiar de rumbo y sienta nuevas prioridades más en línea con una UE de crecimiento y de creación de empleo que no una de redistribuciones costosas y distorsionantes de la asignación de recursos.
El fracaso de la cumbre de Bruselas no ha sido más que la cúspide de una evolución marcada por diferentes tropiezos graves que han ido dando los jefes de Estado y de Gobierno de la UE en los dos últimos años, siempre con el presidente Jacques Chirac y el canciller Gerhard Schröder como principales protagonistas, frecuentemente con el apoyo del primer ministro italiano Silvio Berlusconi. Por ejemplo, la decisión de garantizar hasta 2013 el gasto presupuestario destinado a la política agraria común, mantenerlo en un nivel alto y de este modo demorar la tan necesaria reforma de esta política de proteccionismo recalcitrante que a todas luces es nociva. O las repetidas violaciones del Pacto de Estabilidad y Crecimiento sin amonestación alguna, erosionando así uno de los pilares de la Unión Monetaria. O las permanentes presiones políticas sobre el BCE para que éste baje los tipos de interés, que ya están en mínimos históricos tanto en términos nominales como reales. O la negativa a liberalizar los servicios profesionales con arreglo a la directiva del ex comisario Bolkenstein, a pesar de que esta liberalización es la gran tarea pendiente para completar el Mercado Único Europeo y es, gracias a las tecnologías de la información y comunicación, decisiva para aumentar el potencial de crecimiento y de creación de empleos. O la movilización por parte del Ejecutivo para evitar que compañías nacionales consideradas emblemáticas caigan en manos de empresas extranjeras o de fondos de capital riesgo foráneos, al tiempo que los políticos ven con buenos ojos cuando prosperan las opas que lanzan empresas de sus respectivos países sobre entidades en el extranjero. O la falta de voluntad política para cumplir con los compromisos que se habían contraído en la Agenda de Lisboa. O la decisión de iniciar con Turquía negociaciones de adhesión, cuando culturalmente de un país no europeo se trata, los ciudadanos tienen muchos reparos y la UE aún no sabe cómo digerir la reciente ampliación al Este.
Indiferencia del mercado Esta implosión latente de la UE no es caldo de cultivo para reavivar las expectativas económicas de empresas y particulares, que ya por sí son modestas.
Es verdad que los mercados financieros han reaccionado a estos eventos con indiferencia. Los tipos de interés a largo plazo se mantienen bajos en la zona del euro. Pero los indicadores de confianza de los consumidores y empresarios revelan que hay desconcierto e incertidumbre. Por consiguiente, y a diferencia de Estados Unidos y los países emergentes de Asia, donde la expansión en curso se mantiene robusta (si bien con una suave moderación), la actividad económica en Europa continuará mostrando poca fuerza, con independencia de los eventuales efectos contractivos del encarecimiento del petróleo. El BCE acaba de bajar su previsión de crecimiento para la zona del euro del 1,4% al 1,3% en este año y del 2% al 1,8% para 2006 (2004: 2%). De confirmarse estas previsiones, el ritmo de actividad económica en la UE estaría por debajo del potencial de producción (1,8% sin Alemania: 2,2%).
Además, la UE se vería descolgada del resto de los países industrializados, para los que se prevé una tasa de crecimiento en el orden del 3% en promedio en este ejercicio.
Ni que decir tiene que la UE no es simplemente una zona de libre cambio y de mercaderes. El proceso de integración va más allá de lo puramente económico.
Ahora bien, si las economías de los distintos países no recuperan la senda de un crecimiento autosostenido y si los niveles de paro laboral no disminuyen sensiblemente, difícilmente podrá profundizarse la integración, puesto que demasiados ciudadanos le darían la espalda a la UE. La retórica sobre las virtudes de ser europeísta no haría efecto en la opinión pública.
Como tampoco es de recibo culpar a la Comisión Europea o al BCE (y al euro) de la falta de dinamismo económico en el Viejo Continente, y concretamente en Alemania, Francia e Italia. Por eso es tan importante que en cada uno de los países atrapados por rigideces estructurales se acometan con determinación las reformas pertinentes, desde el mercado de trabajo y la Seguridad Social hasta el sistema tributario y el sistema de educación y formación profesional.
Las economías deben de ser dotadas, a través de políticas nacionales, de una gran dosis de flexibilidad de los mercados, capacidad de ajuste y propensión a la innovación de productos y procesos al objeto de incrementar los niveles de la productividad y la competitividad.
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